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LA FE Y LA CARIDAD

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Tags: ESPIRITISMO

En estos tiempos de globalización cuando Internet intensifica en gran medida las posibilidades de comunicación entre las personas, ¿es posible conciliar la conservación de la fe y la práctica de la caridad, considerando la velocidad con la que ocurren las cosas, incluso la propia vida? En la época en la que se elaboró la Codificación del Espiritismo, era común la referencia al telégrafo que a partir de 1844, era usado para la comunicación a distancia, destacando que en el pasado era muy raro creer en aquella posibilidad. ¡Y si alguien hubiese podido anticipar, en los tiempos vividos por Allan Kardec, los adelantos de nuestros tiempos en el campo de la comunicación entre las personas! Vamos a hacer un breve recorrido sobre las posibilidades actuales de comunicación, sin ánimo de que este modesto análisis agote tan importante tema, pues lo que nos proponemos es encontrar caminos para el entendimiento práctico y la vivencia de la fe y de la caridad en nuestros días. Un breve escenario En nuestra era disponemos de múltiples oportunidades para las personas que viven en la era de la Globalización, de Internet, de la World Wide Web. Ahora, cuando el espacio cibernético está siendo usado, cotidianamente, de forma masiva por el público, y sin necesidad de salir de casa, se puede contar con múltiples posibilidades de comprar, ver películas, de comunicarse instantáneamente con otras personas de forma ilimitada y gratuita, de obtener información inmediata de fuentes lejanas geográficamente, y muchísimas facilidades más; como es obvio esto sucede a una velocidad mucho mayor que hace algunos años, por todo ello, podría parecer que la vida se hace más fácil y más intensa. Con la difusión de las computadoras, de Internet y de otras innovaciones tecnológicas, las oportunidades de distracción, de “gozar de la vida” se multiplican, entre tantas otras cosas, con la divulgación de gran cantidad de películas, de producciones televisivas, de edición de libros sobre los más variados temas, -lamentablemente, con preponderancia de asuntos triviales y poco elevados-, con los juegos electrónicos, por desgracia en su mayor parte violentos, pero que quizás debido a ello, se introducen cada vez con mayor rapidez y eficiencia. Con las posibilidades creadas por el desarrollo de la Ciencia y la Tecnología, la Humanidad pasa a disponer de un confort jamás imaginado en épocas anteriores. Sin embargo, jamás sufrió tanto los efectos desastrosos de la depresión, jamás recurrió tanto al uso de todo tipo de drogas y al abuso del sexo, en la búsqueda de una satisfacción que parece estar siempre en algo diferente de aquellas ya probadas. Lo que observan los profesionales del área de la medicina, de la psicología, de la psiquiatría y publican los periódicos especializados o no, es que jamás la Humanidad contó con tantos desequilibrios psíquicos como ahora, tanto vacío interior, y con tanta insatisfacción personal. La velocidad con que las noticias cruzan la Web y fácilmente llegan a las personas; las multiplicadas posibilidades de acceso a la adquisición de objetos que, generalmente, pronto se vuelven desechables; la lucha por adquirir riquezas y fama, parece contribuir también a un aumento desmesurado de la ansiedad, de la insatisfacción, del deseo de vivir con mayor intensidad y en ciertos casos, sin llevar a la práctica las más elementales normas morales y de pacífica convivencia. Una agitación confusa que genera movimientos rápidos y constantes con los cuales se pretende distraer la necesidad de pensar, de sentir con mayor profundidad, lleva al individuo a una vida superficial, a un vacío insoportable que busca llenar de cualquier forma, llegando en algunos casos al extremo de no importarle si lo que hace para satisfacer sus “necesidades” e intentar calmar sus ansiedades va a traer o no perjuicios para otros. El egoísmo recrudece. El tedio y la insatisfacción aumentan. El vacío y la agitación pasan a formar parte de la vida normal. El tiempo siempre parece insuficiente para todo. No queda lugar para atender a la familia ni para considerar una posible realidad trascendente, ni siquiera para identificar sus verdaderas necesidades pues, el trabajo, las noticias y programas televisivos, el chateo o la navegación por la Web, el juego electrónico para aliviar las tensiones, las reuniones sociales, las compras que muchas veces reflejan intensa fiebre de consumismo… ocupan más tiempo de lo que uno dispone al día. En realidad observamos que muchas personas están inquietas, como buscando o queriendo algo más, pero, en medio de todo eso, la mayor parte pierde las referencias de sí misma, de los valores que podrían orientar su vida y extraviada busca la proyección de su personalidad, pues la única base sólida que vislumbra es que los demás le admiren y le acepten, pues uno mismo no se puede aceptar en la condición en que se encuentra. De ahí el observado fenómeno de la sustitución de los antiguos dioses por los ídolos de la actualidad, en las diversas áreas del entretenimiento como el cine, cierta clase de música, los deportes y tantas otras cosas que surgen como mecanismo compensador para llenar el gran vacío interior que avasalla a la Humanidad. Dentro de la sociedad se fortalece la filosofía de que no importa lo que uno realmente es, sino lo que los demás creen que uno es. La vida de apariencias gana una importancia relevante con relación a la realidad que la persona es obligada a encarar en dos niveles distintos y complementarios: en su interioridad, donde enfrenta inseguridades, vacilaciones, deseos no satisfechos, frustraciones, etc.; y hacia fuera, en la vida diaria, con sus compañeros de trabajo, amigos, vecinos, clientes, relacionados y conocidos, en fin doquiera que lucha para sobrevivir, vestirse, alimentarse, criar y educar a sus hijos, o simplemente divertirse, perder el tiempo en juegos y otras banalidades. En ambos niveles la apariencia está ganando mucho terreno e importancia… Ante esa realidad y por el hecho de no exigirse a cumplir con los compromisos adquiridos ante la Justicia Divina, de luchar por una profunda transformación del ser; por hacer promesas vacías e irreales como la propia vida que esas personas persiguen, los cultos externos vienen ganando fuerza. Mucha gente está emigrando de las religiones tradicionales para los más recientes cultos que tienen como base, no la vivencia y ejemplificación del Evangelio, sino las amenazas del fuego infernal, el cobro del diezmo y de todo tipo de donaciones que algunas veces, en vez de invertirse en obras útiles de caridad revierten a beneficio de los creadores de esos cultos, en flagrante aprovechamiento de las libertades que preponderan en la mayor parte de los países de nuestro globo y omitiendo el más absoluto desinterés que debe ser norma esencial de vida para todos nosotros. Así las cosas, ¿dónde existe el espacio para la fe y la caridad en un ambiente donde predomina la ausencia de conocimiento de una causa justa para la existencia que lleva cada uno a buscar lo mejor para sí mismo, olvidado de las necesidades y de los derechos de los demás? De conformidad con el antiguo proverbio chino de que toda crisis es una oportunidad, al lado de todo eso, observamos también que jamás fue tan sencillo para la persona encontrar esclarecimientos y orientaciones de cómo proceder y cómo enfrentar las dificultades naturales que la vida le impone. Todo está al alcance de un clic en la computadora. Sin ánimo de agotar la lista, veamos algunas de las posibilidades a las que podemos acceder fácilmente: libros nobles que pueden ser bajados o comprados, Web-sites que pueden ser consultados, grupos que se reúnen para estudiar temas constructivos, listas que son creadas para tratar asuntos de evangelización, del Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita, cursos educativos son ofrecidos gratuitamente o a costo reducido, centros espíritas virtuales empiezan a surgir e, incluso, el servicio de atención fraterna puede ser llevado a cada hogar por medio de Internet. De esta forma, observamos que, aun siendo el escenario actual diferente de los anteriores, el dilema del ser humano sigue siendo el mismo: el gran desafío está dentro, no fuera de cada uno. Todo es una cuestión de opción. Para tomar conciencia es necesario querer. Para aprender, es preciso buscar el conocimiento. Para cumplir nuestro papel en la vida es imprescindible saber qué es la vida y cuáles nuestro papel dentro de ella. La voluntad lleva al ser a buscar el conocimiento que fortalece la confianza en uno mismo y la fe en un futuro mejor, en Dios, en la solidaridad que une a todo el Universo. La importancia y necesidad de la caridad adviene como consecuencia natural de esa comprensión, llevando al esfuerzo de integración voluntaria dentro de un proyecto que extrapola la vida material rumbo a una trascendencia universal, espiritual. De la fantasía a la realidad Fuera de dudas, toda persona con un mínimo de iniciación en el conocimiento de la realidad espiritual, que ínter penetra y trasciende la vida material, ya llegó a esta conclusión: todos fuimos creados por algún motivo que trasciende las situaciones transitorias que estamos viviendo en cada reencarnación. Saber el por qué de nuestra creación y cuál es nuestro papel dentro de la vida es del todo conveniente para cada uno de nosotros. Seguro que el papel de cada uno no es convencer a los demás del bien que ellos pueden y deben realizar. El papel primordial de cada uno es concretar en su propia vida el bien que ya reconoce como necesario para mejorar su condición espiritual. En verdad, cada uno tiene su libre albedrío y va a decidir por sí mismo cuándo empezará a dedicarse al noble trabajo de auto educación y realización espiritual. André Luiz (1), en el año 1944, por la psicografía de Chico Xavier, registraba un discurso de Telésforo que ya abordaba con profundidad esa cuestión, afirmando que “las transiciones esenciales de la existencia en la Tierra encuentran a la mayoría de los hombres absolutamente distraídos de las realidades eternas”. Añadía que “la mente humana se abre, cada vez más, al contacto con las expresiones invisibles, dentro de las cuales funciona y se mueve. Eso es una fatalidad evolutiva. (…) La humanidad terrena se aproxima, día a día, a la esfera de vibraciones de los invisibles de condición inferior, que la rodea en todos los sentidos. Pero, según reconocemos, el mayor porcentaje de habitantes de la Tierra no se ha preparado para los actuales acontecimientos evolutivos. Y los más angustiosos conflictos se verifican en las sendas humanas. La Ciencia progresa vertiginosamente en el planeta, pero, a medida que se suprimen los sufrimientos del cuerpo, se multiplican las aflicciones del alma. (…) El hombre dominará, cada vez más, el paisaje exterior que constituye su morada, aunque no se conozca a sí mismo. Pero, atendido el cuerpo, éste revelará las necesidades del alma… “¿Cómo actuar ante millones de enfermos y criminales en las zonas visibles e invisibles de la experiencia humana? ¿Por el simple culto externo? (…) ¿Por actos de fe? (…) ¿Sólo por una afirmación de la voluntad? (…)” Para un Espíritu Protector (2), la solución es posible por la conjugación de la fe y de la caridad que, para ser efectivas, necesitan actuar juntas en nuestro diario vivir. Sus comentarios están relacionados con el abordaje que estamos utilizando, cuando afirma que el hombre, ávido de placeres, en vano quisiera engañarse sobre su destino en este mundo. La búsqueda de la felicidad aquí, como la entienden las personas, sería una utopía, pues la vida terrestre tiene por finalidad el perfeccionamiento moral de los Espíritus, lo que es favorecido por el uso del cuerpo de carne por medio de la reencarnación. En sus propias palabras, “sin contar las vicisitudes ordinarias de la vida, la diversidad de vuestros gustos, de vuestras inclinaciones, de vuestras necesidades, son también un medio de perfeccionaros, ejercitándoos en la caridad. Porque sólo a costa de concesiones y de sacrificios mutuos podréis mantener la armonía entre elementos tan diversos”. En su concepción, la felicidad es posible en la Tierra desde que sea buscada en la práctica del bien. Hoy las personas necesitan ejercitar el sacrificio de su egoísmo, de su orgullo y de la vanidad. Para triunfar sería indispensable buscar la inspiración de la caridad y el sustento de la fe. Telésforo (3) afirma “que la reverencia al Padre, la fe y la voluntad son expresiones básicas de la realización divina en el hombre, pero no podemos olvidar que el trabajo es una necesidad fundamental de cada espíritu. (…) Sin embargo, no basta ser trabajadores, es necesario convertirse en servidores que atiendan de buena voluntad al llamado del Maestro”. El Evangelio de Jesús nos brinda seguro derrotero que nos indica cómo atender a ese llamado. Pero, en nuestros días, con la maraña de interpretaciones existentes se hace un tanto difícil la comprensión de la propuesta del Maestro, mas, siempre podemos recurrir al Espiritismo, que, dejando de lado los puntos generadores de discusiones vacías de
importancia fundamental, nos facilita la comprensión de las enseñanzas morales del Cristo en su profunda sencillez y pureza primitivas. Según el Maestro, la fe no necesita ser de gran tamaño, basta que sea como un grano de mostaza, para que pueda mover las montañas de un lado para otro (4). Pero el siervo, sostenido por su fe, necesita ser fiel para ser digno de la consideración de su Señor (5). Si no respeta a sus compañeros y les hace sufrir para provecho propio, si les falta con la caridad, no podrá esperar otra cosa sino la decepción con respecto a sí mismo y a su comportamiento. Para hacer el bien con verdadero provecho es imprescindible prepararse convenientemente. Pero hay siempre una distancia entre el conocimiento, la preparación y la realización. Sobre el tema, Tobías, hablando a André Luiz (6), resalta que la preparación no es la realización propiamente dicha. Para él, el servicio legítimo no es fantasía. Es trabajar con ahínco, pues sin esta briosa actitud la obra no puede aparecer ni prevalecer. El servicio al prójimo exige renuncia y altruismo. Cuando un servidor se olvida de la dedicación a los semejantes, se hace un instrumento inútil en el campo del Señor. Todo trabajo constructivo trae sus desafíos, exige esfuerzos. Por eso, no corresponde interpretar dificultades como castigos, por el contrario, todo obstáculo representa una oportunidad verdaderamente preciosa a los que están haciendo la verdadera introspección para comprender cuál es su papel en la vida y empiezan a esforzarse para realizar la caridad como guía de sus sentimientos. A propósito, vale destacar que Jesús dijo que procede del corazón lo que sale por la boca. (7) Si las palabras son la expresión de los pensamientos, podemos fácilmente deducir que los pensamientos nacen en el corazón del hombre, es decir, de sus sentimientos. De ahí, la sabia orientación para que no sintamos el mal. Pero si aún lo sentimos, que no pensemos en él. Si no logramos dejar de pensar en el mal, que no hablemos de él. Pero si no logramos dejar de hablar con mal, que no lo hagamos. Vemos, por lo tanto, que todo lo que ocurre fuera de nosotros por nuestra iniciativa, depende siempre de nuestros sentimientos. Es ahí donde necesitamos trabajar para construir nuestra defensa, nuestro apoyo, nuestra mejoría. Eso no es simplemente una expresión retórica. Si logramos captar el espíritu de esa enseñanza, podremos tener entre manos la clave para la solución de muchos de nuestros problemas en el mundo. Es posible que la aplicación práctica de ese concepto pueda representar la gran diferencia del estado en que nos encontremos después de nuestra desencarnación, cuando ya no sea posible ponernos por detrás de las máscaras que la materia nos ofrece para disfrazar nuestro verdadero estado evolutivo. Es aquí donde vuelven a aparecer la fe y la caridad como condiciones esenciales de nuestro adelantamiento espiritual. La fe que se desdobla en múltiples aspectos traduciendo la confianza en uno mismo, en su capacidad de realizar por el deseo y el esfuerzo sincero y constante de prepararse y hacer lo que va comprendiendo. Traduciendo también la confianza en Dios, en su Providencia que se manifiesta por el amparo de la espiritualidad superior que trabaja en su nombre para promover nuestro progreso espiritual. Traduciendo aun la fidelidad al Padre, al compromiso de mejoría asumido con nuestros bienhechores espirituales antes de la actual encarnación. Siendo, en fin, el apoyo para nuestra acción efectiva que resulta en beneficio del semejante por diversas y distintas formas. Siendo la caridad el Amor del Padre en acción, ésta se manifiesta a través de nuestras manos, posibilitada por nuestra buena voluntad y por nuestra disposición a servir incondicionalmente, constituyendo uno de sus dos aspectos,-el benéfico- la distribución gratuita de los recursos materiales que disponemos para tal fin, como depositarios de la Divinidad. Pero implicaría también la distribución de oportunidades de trabajo, de educación, de salud, entre tantas otras cosas, cuando disponemos de recursos y poder para eso. En el campo íntimo, sería resistir al deseo de hacer el mal, logrando dominar la inclinación al odio, a la venganza, a la envidia, a los celos, en fin, a todo mal sentimiento. Sería la lucha por dominar las malas inclinaciones, referida por Allan Kardec. Empezando con el simple vaso de agua a quien lo necesite, pasando por la palabra amiga y esclarecedora a quien la pida, hasta llegar al sentimiento educado que se traduce en vibraciones constantes de bienestar, de paz, alegría sana, de luz por todos nuestros hermanos en Humanidad, la caridad puede y necesita ser la guía de todas nuestras acciones en la vida, para que hagamos el Bien siempre. Y eso no está fuera del alcance de nadie. Todos tienen esos recursos a su disposición. Pero, en los tiempos en que vivimos, no es fácil tomar la decisión, optar por la renuncia a tantos llamamientos para volcarse para tareas oscuras, sin resultado aparente inmediato, sufriendo las incomprensiones de muchos e, incluso, la persecución de algunos más ignorantes que se hacen instrumentos de las tinieblas para dificultar la marcha del progreso de los que aún vacilan en sus decisiones en cuanto a los verdaderos beneficios de hacer el Bien, tanto para los demás, como para nosotros mismos. ¡Y ahora! Al encender la computadora para navegar por la Web, al encender la televisión, al buscar un libro en la estantería, en una librería, una tienda o en Internet, al considerar todas las cosas que están a nuestro alcance en estos tiempos de ciberespacio, consideremos simplemente una cosa fundamental que pueda servir de guía para nuestras decisiones y acciones en la vida: no seremos eternamente hombres y mujeres en cuerpos de carne. La reencarnación es transitoria y todo lo que podamos gozar, disfrutar en la Tierra, es un pálido e insignificante reflejo del bien que podremos obtener cuando superemos la inferioridad que aún nos prende a la necesidad de habitar cuerpos tan burdos como los que estamos utilizando aún en esta etapa evolutiva. Pero consideremos también, que el cuerpo no es un peso, sino un instrumento de progreso. La vida en la materia no es una fatalidad, un castigo, una imposición punitiva. Es, ante todo, una bendita oportunidad de elevación espiritual que aprovecharemos o no, dependiendo únicamente de nuestra decisión. Es verdad que el mundo actual ofrece muchas oportunidades para la satisfacción de nuestras fantasías, para desviarnos del verdadero propósito de la vida. Pero, más que nunca, tenemos múltiples oportunidades de aprender y ejercitar el Bien. Hoy ya no podemos decir que no comprendemos la propuesta del Padre para nosotros, pues todo lo tenemos muy claro y objetivo en las expresiones de nuestros mayores espirituales, magníficamente codificadas en la obra de Kardec y ampliadas en muchos nobles libros y en textos que, cada vez más, estamos pudiendo acceder con los simples clic del ratón en las computadoras. Sin embargo, toda esa facilidad para acceder al conocimiento intensifica nuestra responsabilidad, no dispensa y jamás dispensará el esfuerzo personal de meditar para aprender, interiorizar para vivir cada vez con más amplia seguridad el ejemplo que Jesús nos vino a ofrecer. Podemos concluir, de esa forma, que ahora, como siempre en el pasado, todo depende de uno mismo. Si buscamos nuestro apoyo en la fe y en la caridad la guía de nuestras acciones, tendremos mayor oportunidad de volver al plano espiritual victoriosos después de esta encarnación. En caso contrario, tal vez tengamos que entrar en nueva espera, rogando de la bondad de Dios y de los buenos espíritus trabajadores del bien, la oportunidad de, en la mejor de las hipótesis, volver a este mundo, donde las cosas estarán ocurriendo aun con mayor rapidez, con más amplias posibilidades de comunicación, pero también con mayores oportunidades para distraernos abortando la misión que trajimos… En ese caso jamás podremos afirmar que fracasamos porque ignorábamos los planes Divinos.
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(1) Los mensajeros, Francisco Cândido Xavier, por el Espíritu André Luiz. Edición IDE-Mensaje Fraternal. Cap. 5. 1ª
Edición, 2006.
(2) El Evangelio según el Espiritismo, Allan Kardec, Cap. XI, ítem 13, Edición número 41, IDE-Mensaje Fraternal,
San Pablo-Caracas.
(3) Véase la Nota 1.
(4) Mateo, 17: 20 y 21: 21.
(5) Mateo, 24: 45-51.
(6) Los mensajeros, Francisco Cândido Xavier. Por el Espíritu André Luiz. Edición del IDE-Mensaje Fraternal, Cap. 3.
(7) Mateo, 15:18.

Artículo de Carlos Campetti




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